La Junta de Energía Nuclear (I)

«Desde que se tuvo conocimiento de las posibilidades de la física nuclear como nueva fuente de energía (…)»

Comienzo del Decreto Ley del 22 de octubre de 1951 por el que se crea la Junta de Energía Nuclear

Primer día de septiembre de 1945. La firma del acta de rendición de Japón ante las potencias aliadas es inminente. El imperio nipón trata aún de sobreponerse a la catástrofe (humana, medioambiental, militar…) que han supuesto las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. El eco de ambas explosiones alcanza aún lejanos rincones del planeta. En la España políticamente aislada del General Franco, la principal revista de información y divulgación científica, Ibérica, publica un artículo titulado «La bomba atómica». Su autor, Francisco Maldonado, director químico de los Laboratorios Viladot Oliva de Barcelona, da cuenta de la «sensacional noticia», al mismo tiempo que advierte: «las fuentes que poseo de información son casi nulas». Así andaba España en la cuestión atómica…. Y así, nuestro país, favorecido en parte por la circunstancia de poseer yacimientos naturales de uranio, abre la caja de Pandora. Se despierta el interés por lo nuclear, por su importancia como nueva fuente energética. ¿Sólo energética? A finales de ese año José Ignacio Martín Artajo, profesor de Electrónica en el Instituto Católico de Artes e Industrias dicta una conferencia que titula «La Energía Atómica. Sus características y aplicación para fines militares» en la que ya señala el interés científico por la «fabricación de la bomba atómica».

Al año siguiente se crearía una comisión especializada en Física Aplicada en el seno del Patronato «Juan de la Cierva» del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Comienza la aventura: dictado de conferencias; ediciones de libros; creación de comisiones que estudien los yacimientos de uranio (de cuyas reservas se estimaba que España ocupaba el quinto lugar del mundo); establecimiento de contacto con diversos países (Italia, Suiza, Francia, Bélgica, Alemania) para la formación de personal, suministro de información, ayuda técnica y material…

El 6 de septiembre de 1948 Franco firma un Decreto Reservado por el que se crea la Junta de Investigaciones Atómicas (JIA) que ya proyecta en su primer artículo «una ‘pila termonuclear’ experimental». La actividad de la JIA, secreta durante su etapa inicial, culminaría tres años después con la creación de la Junta de Energía Nuclear (JEN) que «permitió acabar con el obsesivo secreto» y a la vez «proporcionaba, a la sociedad española del franquismo, la idea de un desarrollo tecnológico que, aunque se fue abriendo paso con dificultades, permitió a España mantener un grupo de investigación en torno a la energía nuclear».

franco-jen

[FRANCO recibe a los responsables de la JEN (21 de diciembre de 1951)]

Aquel grupo de investigación, liderado por el científico José María Otero Navascués y presidido por el Teniente General del Estado Mayor Juan Vigón (uno de los treinta y cinco altos cargos del franquismo imputados en 2008 por la Audiencia Nacional en el sumario instruido por el juez Baltasar Garzón en relación a los presuntos delitos de crímenes contra la humanidad cometidos durante la Guerra Civil Española y los primeros años del régimen de Franco), iba a tener entre su cometido, de acuerdo al segundo artículo del Decreto Ley, «el asesoramiento, perceptivo al Gobierno, en las materias relacionadas con la energía nuclear».

Palomares 1966. Frente a los casi diez kilos de actínidos liberados por la rotura de las dos bombas termonucleares, el gobierno español entra en acción (entiéndame el lector). El operativo de la JEN, limitado en su poder decisorio frente a las ordenes de la Jefatura de Estado de quien dependía y plegado al vasallaje de las fuerzas estadounidenses —Comisión de Energía Atómica [Atomic Energy Comission (AEC)] y Fuerza Aérea de los Estados Unidos [United States Air Force (USAF)]— iba a coprotagonizar uno de los episodios más lamentables de la historia reciente de España en ese conato de descontaminación transmutado en falso intento y que quedaría, en palabras de José Herrera Plaza, en un legado secreto de «el primer cementerio nuclear de España, hipotecando (…) la vida de sus pobladores y la de futuras generaciones».

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